Aquella mañana el clima era perfecto. El cielo era azul y una brisa suave hinchaba las velas de la gran nave, invitándola a zarpar… La ciudad estaba de fiesta. La sombra de la guerra con Polonia parecería ahora poco más de una escaramuza, una anécdota más que contar a los niños.
El gran galeón insignia, que acababa de salir de las atarazanas reales y que había sido bautizado Vasa en honor a la familia real, demostraría a los enemigos la clase de potencia a la que se enfrentaban. Sus 50 metros de altura desde el nivel del mar, sus 70 metros de largo y sus 64 cañones dispuestos en dos puentes hacían de aquel barco un arma imponente. El barco de guerra más grande de la época.
El rey Gustavo II Adolfo lo sabía. Por ello había organizado aquella gran fiesta inaugural. Los cuatro buques que había ordenado construir asegurarían su victoria en el Báltico, y el Vasa era el más grande de ellos. No sólo por sus dimensiones y capacidad (300 soldados y 130 marineros), sino por su decoración. Las más de 700 esculturas de héroes bíblicos, dioses griegos y emperadores romanos que adornaban el exterior del barco infundirían respeto e intimidarían a sus enemigos. Pero lo que más alimentaba el ego del monarca era la decoración de la popa…
A la hora prevista, las grandes velas se desplegaron, los cañones saludaron con estrépito, se levaron las anclas y la nave comenzó a navegar lentamente. Ahora toda la ciudad podía contemplar esa popa, decorada con el escudo de Suecia, dos leones sosteniéndolo en lo alto. Más arriba, una escultura del mismísimo rey, escoltado por ángeles. Sirenas, criaturas marinas y un sinfín de caras y torsos completaban los cinco niveles de decoración. Los vivos colores contrastaban con el blanco de las velas desplegadas al viento.
De pronto, el gran galeón comenzó a inclinarse levemente. La brisa soplaba con fuerza y el barco escoraba más de lo previsto. Los marineros se movieron rápidamente para corregir el rumbo. Gritos, órdenes, mucho movimiento a bordo. El pueblo entero contemplaba la escena con sorpresa e incredulidad. El barco se había alejado sólo unos 120 metros de la costa, por lo que desde tierra se podía oír el frenesí de a bordo. Seguía inclinándose. Las portezuelas de los cañones, que estaban en un nivel demasiado bajo, seguían abiertas en ese momento. El agua comenzó a entrar en las bodegas y el barco se inclinó aún más. A los 15 minutos de haber zarpado, el Vasa se había hundido. El rey no daba crédito a lo que veían sus ojos. Era el día 10 de agosto de 1628.
El galeón esperó paciente 333 años, con unas 50 almas en su interior, a 30 metros de profundidad, medio enterrado en el fango, bajo toneladas de agua helada, hasta que en 1956, el arqueólogo Anders Franzen se empecinó en encontrarlo. Durante meses recorrió las costas de Estocolmo en su bote, arrojando a las aguas una sonda de metal. Hasta que un día, la sonda chocó con un trozo de madera. Había encontrado al Vasa.
Las tareas de rescate fueron tan titánicas como imponente era el galeón. Se tardaron seis años en sacarlo a flote. La baja salinidad del agua impidió que la madera se pudriera y el barco pudo ser recuperado en un 95%. Se construyó un museo donde alojarlo y hoy es una de las principales atracciones de Estocolmo. En el museo puede verse no sólo la nave, sino también muchos de los objetos encontrados en su interior (baúles, ropa, instrumentos, herramientas, esqueletos humanos, juegos de backgammon), restos de las velas originales, maquetas del salvamento y del hundimiento, etcétera.
De acuerdo con los investigadores, el Vasa fue el primer barco construido con dos puentes de cañones. Aquellos galeones tenían una altura colosal. El Vasa era todavía más alto que el resto de los galeones de la época, pero con el mismo ancho. Para bajar el centro de gravedad, se llenaban las bodegas con piedras. Un error de cálculo en el ancho de la nave y, probablemente, en la cantidad de piedras que eran necesarias, fue el causante de la tragedia. Por otro lado, debido a las presiones de tiempo para que la nave partiera hacia la guerra, se habían suspendido las pruebas de estabilidad. El viento y el agua hicieron el resto.
Hoy, gracias a aquel desafortunado error de cálculo, podemos admirar un maravilla de la ingeniería naval, reconstruir la vida a bordo de aquellas naves, conocer con detalle cómo se gobernaba el galeón e imaginarnos lo imponentes que serían aquellos combates marinos entre esas gigantescas criaturas marinas de madera, hierro y cordeles.