¿Te atreves a flotar a 2000 metros de altura, sin más seguridad bajo tus pies que una cesta de mimbre?

Creo que no existe una forma más íntima de experimentar la altura que un vuelo en globo. La sensación de flotar, el silencio, la lentitud, la limitada capacidad de movimiento. Todo esto hace que cuando volamos en un globo aerostático sintamos una conexión íntima con nuestros pensamientos y sensaciones.

Como toda actividad, requiere su técnica, equipamiento y condiciones determinadas. Pero una vez estos requisitos se dan, desde el momento mismo del despegue, comenzamos a disfrutar del desplazamiento silencioso y etéreo del globo. Arriba de nuestras cabezas, la inmensidad de la tela se despliega como una gran ala protectora; debajo de nuestros pies, una cesta que resulta proporcionalmente insignificante nos acoge dándonos nuestro único punto de contacto con el mundo material. Un palmo más allá, el vacío y el infinito se extienden ante nuestros ojos incrédulos.

La experiencia es tan sobrecogedora que perdemos la noción del cesto en el que viajamos. El movimiento, tan suave que solo percibimos que nos movemos porque así nos lo dicen nuestros ojos. La sombra del globo sobre la superficie del campo, las casas que van haciéndose cada vez más pequeñas y la inmensidad del paisaje.

En nuestras manos solo está la decisión de subir o bajar. Hacia dónde iremos dependerá de los vientos y de nuestra altitud. Somos cómplices de las corrientes de aire, y nos dejamos llevar. El calor de los quemadores es el único sonido que rompe el silencio. El tiempo se detiene. La gran masa de aire caliente atrapada en la vela reacciona muy lentamente. De alguna manera, nos dejamos invadir por el entorno, flotando en medio de la nada.

El aterrizaje, tan suave como el despegue, nos devuelve a la realidad, a la velocidad vertiginosa de nuestra vida cotidiana. Cuando pisas el suelo, secretamente vuelves a sentirte como un niño al bajar del tiovivo, ¡esperando la oportunidad de repetir!