Nápoles es bella a su pesar. Es como una mujer hermosa, que se sabe hermosa pero que no se preocupa en cuidarse ni en arreglarse. Como si supiera que su belleza es eterna, imperecedera, inmarchitable.
Cuando uno llega a Nápoles, debe vencer una primera impresión que contrasta con la imagen que tiene de la ciudad quien no la ha visitado todavía. Es probable que la primera imagen que el visitante reciba sea la de edificios otrora majestuosos pero hoy venidos a menos, y calles sucias y ruidosas. Sin dudas, no es la idea que tenemos cuando recordamos la famosa frase “ver Nápoles y después morir”.
Pero si uno es capaz de vencer esa primera impresión, la recompensa se encuentra a la vuelta de la esquina. Las calles Nápoles rebosan ‘italianidad’, son como un ‘concentrado’ de Italia: por las calles empedradas circulan Vespas zigzagueantes que desaparecen en callejones cubiertos por ropa tendida casi tocándose con la del vecino de enfrente; las estatuas de santos en las esquinas conviven con puestos de venta de verduras multicolores, y muchachos en camiseta de tirantes caminan junto a nonnas con sus faldas negras y sus piernas curvadas por el peso de las bolsas y de los años. En Nápoles, las ruinas del imperio romano y las pizzerías con sus pizzaiolos incandescentes pelean por ser elegidas por los turistas, obnubilados por los vendedores de tómbolas, las iglesias renacentistas, los puestos de venta de corbatas multicolores de pura seda italiana.
Una vez digerida esta dosis de Italia, el tercer impacto es la comida. No importa el restaurante, pizzería o taberna que se elija: los aromas, los sabores y los colores no dejan de sorprender. Dicen que en Nápoles se inventó la pizza. Y es más: dicen que en Nápoles se inventó la pizza Margarita. Incluso esta tiene lugar exacto de nacimiento… Dudo que nada de eso sea cierto, ¡pero sí lo es que cualquier pizza de Nápoles tiene un sabor especial! Y además, allí pueden encontrarse las pizzas más originales y curiosas del mundo, como por ejemplo una pizza de ¡¡patatas fritas y salchichas (por no mencionar las de lechuga, que también las hay)!! Podría decirse que los napolitanos usan la masa de pizza como si fuera el plato…
Otra curiosidad de esta ciudad sorprendente es la ’Nápoles subterránea’. Dicen que a través de tantos siglos, la ciudad de Nápoles, como muchas otras, fue construyéndose sobre sí misma, añadiéndose capas, reutilizando construcciones anteriores, enterrando otras. Con el paso de los años, los arqueólogos se encargaron de redescubrir, por ejemplo, un teatro romano, cuyos corredores hoy son habitaciones de casas de familias. Sus paredes tienen 2000 años de antigüedad y sus habitantes tienen que tolerar a los turistas que miran curiosos y expectantes, como si, de pronto, en la ventana pudiera aparecer un gladiador.
¡Pero hay aún más cosas sorprendentes allí abajo! Ya en tiempos remotos, los napolitanos traían agua a la ciudad con acueductos que siguieron funcionando hasta bien entrado el siglo XIX. Para almacenar ese agua, se construyeron gigantescas cisternas subterráneas, grandes cámaras excavadas en la piedra a fuerza de cincel, con un complejo sistema de conexiones, pasadizos y accesos. ¿Cómo se sacaba el agua? A través de clásicos pozos que aún hoy pueden verse en plazas y en claustros de iglesias. Las cisternas requerían también un trabajo de mantenimiento y limpieza que requería de gran destreza física unida a cierta menudencia. El oficio de ‘trabajador de la cisterna’, pozzaro (o su plural pozzari) era un poco ingrato: mucha humedad, oscuridad y frío. Los pozzari llevaban por toda vestimenta una túnica o capa. Cuenta la leyenda que en esa época nació el mito de los monacielli: seres fantásticos, pequeñitos, ágiles, que se metían en las casas por las ventanas –o por los pozos de agua- a cortejar a las señoras o a robar alguna cosilla de las casas de los más pudientes. Algo así como un travieso leprechaun o gnomo latino. ¡No está mal tener un personaje de estos que haga competencia a los clásicos gnomos verdes de los países del norte de Europa!
En el siglo XIX las nunca bien ponderadas pestes impusieron el cierre definitivo de las cisternas, pero muy pronto se les dio otra función: ¿qué mejor lugar para arrojar los residuos que el pozo de agua de la plaza?
La Segunda Guerra volvió a cambiar el destino de las cisternas. Los bombardeos de los aviones empujaron a los napolitanos a esconderse como ratas -literalmente- en los túneles y en las cisternas. Y no ya temporalmente: cientos de personas se instalaban días y días allí abajo. Verdaderas comunidades de vecinos. De hecho, allí se han encontrado restos de camas, juguetes y ropa de esa época. Cuentan que servían incluso de red de túneles para los soldados que querían desertar: entraban por un sitio, se cambiaban el uniforme por ropa de paisano, y salían a la superficie por la otra punta de la ciudad.
El riesgo, claro está, seguían siendo los pozos de agua. Los aviones podían bombardear las plazas y si una bomba entraba por el pozo, el desastre estaba garantizado. Por eso, se taparon casi todos los pozos, con excepción de los que estaban en los claustros de las iglesias: nadie imaginaba que los aliados se atreverían a bombardear lugares sagrados. Pero sí se atrevieron…
Hoy las cisternas pueden visitarse, y se puede caminar por los pasadizos que hace siglos recorrían los monacielli. Pueden verse los huecos en las paredes en los que clavaban sus zancos, para ir avanzando sobre el nivel del agua, haciendo fuerza con sus espaldas sobre una pared al mismo tiempo que avanzaban. Puede caminarse, vela en mano, por pasadizos por los que otrora sólo corría agua, tan angostos que únicamente se puede andar de perfil y con cierta dificultad. En las grandes cámaras de agua, dicen, el nivel del suelo original está unos 10 metros más abajo del suelo actual, ya que allí se ha sedimentado la basura acumulada durante años y años.
También existe otra Nápoles subterránea. La de las catacumbas, generalmente debajo de iglesias donde, cuentan, se aislaban los ermitaños, se enterraba a los fieles y se construían capillas subterráneas. Esta visita queda pendiente para la próxima vez.
Además de estas curiosidades, Nápoles tiene algunas cosas muy típicas y exclusivas, a saber:
El diseño urbano de la ciudad romana. Aún puede verse perfectamente, con su Decumano y su Cardo Máximo. En Nápoles, el Decumano Inferior hoy se llama cariñosamente Spaccanapoli (su traducción sería algo así como ‘corta a Nápoles’), aunque en los mapas lo encontraréis con los nombres de San Biagio dei Librai, Benedetto Croce, Forcella, etcétera.
Los pesebres. Precisamente en Spaccanapoli se aglutinan decenas de puestos de presepi, los pesebres. La fascinación española por los pesebres no es en realidad originaria de España, sino que los importó el rey Carlos III, de Nápoles (recordar que Nápoles y Sicilia fueron alguna vez españolas). De hecho, los pesebres más famosos son los napolitanos, verdaderos retratos de la vida de la ciudad. Podríamos decir que la escena del nacimiento de Jesús es casi una excusa para poder retratar a todos los personajes populares, todas las costumbres, todos los oficios, todas las comidas y frutos de la tierra de Nápoles. Tanto es así que incluso hay ‘pesebres sin nacimiento’.
En los puestos de presepi, se mezclan los personajes navideños y los ángeles con cientos y cientos de Polichinelas. Otra de las muchas cosas típicas de Nápoles es Polichinela: el personaje con el que el imaginario de Carnaval Italiano representa al ‘sureño’ (los otros personajes son Arlecchino, Pantalone, Colombina, etc.), con su clásico “‘mameluco’ blanco, su toque de color rojo en el cuello y su máscara narigona negra. Polichinela se burla de todos y de todo, ora tocando una pandereta, ora con una pizza o un plato de spaghetti en las manos, ora cantando al son de su mandolina.
Algunas veces, incluso lo representan saliendo de un peperoncino rojo. Porque otra de las muchas cosas típicas de Nápoles es el peperoncino: talismán de la buena suerte, es omnipresente en la ciudad. Lo podéis encontrar en todos lados, en los restaurantes, colgando de los espejitos de los taxis, atados en las mirillas de las puertas, en llaveros, etcétera.
Para terminar, una última cosa típica napolitana: la tómbola. En cualquier momento del viaje, uno puede comprar una tómbola por la calle, como esas que teníamos en casa cuando éramos chicos, con los números en taquitos redondos, de madera, y los cartones con colores desteñidos.
Digresión: ya hemos mencionado a Carlos III, rey de Nápoles y de Sicilia. Cuando el trono de España quedó vacante, y Carlos regresó a Madrid, lo que se encontró fue una ciudad descuidada, sucia y peligrosa, con calles que eran barrizales, con vecinas que gritaban “agua va” al tiempo que arrojaban las ‘aguas menores’ por la ventana, y noches habitadas por embozados que usaban sus capas y chambergos de ala ancha para ocultarse. Carlos III no tardó en firmar decretos, asesorado por su fiel Marqués de Esquilache, prohibiendo las capas y chambergos, al tiempo que hizo iluminar las calles de la villa de Madrid e implementó una serie de obras públicas para adecentar la ciudad, como por ejemplo crear los cementerios extra-muros. También es el responsable de haber mandado a construir la puerta de Alcalá tal como la conocemos hoy, o el jardín botánico de Madrid. Pero de alguna manera había que financiar tanta obra pública… Efectivamente, Carlos III también fue el creador de la Lotería Nacional de España. ¡Es que, como buen napolitano, echaba de menos la tómbola!
Permitidme que, para terminar, os cuente un cuento de esos que alguna vez nos leían nuestros padres cuando éramos pequeños, antes de ir a dormir:
Había una vez una sirena muy bella, y un guerrero muy valiente. Sus vidas se cruzaron cuando él navegaba por el Mediterráneo, buscando el camino de regreso a su hogar, junto a su amada esposa. Él oyó el canto de la sirena, quiso ir con ella y, a pesar de que imploró a sus compañeros que le desataran del mástil del barco (al que se había hecho atar adrede, porque sabía que caería en la tentación) para ir tras ella, que lo obnubilaba con su canto, sus compañeros no lo desataron. No por leales ni sensatos, sino simplemente porque no lo oían suplicar. Llevaban sus oídos tapados con cera para no sucumbir tampoco ellos a la tentación.
Ella, desesperada de amor, murió.
Odiseo, ya de regreso en Ítaca y junto a su amada Penélope, pudo presumir de ser el único mortal que había escuchado y sobrevivido al canto de las sirenas.
El cuerpo de Partépone fue arrastrado por las olas a la costa, y allí se levantó su tumba, y un pueblo con su nombre creció a su alrededor: Partépone. Siglos más tarde, se fundó un pueblo vecino, la ciudad nueva, la nea polis. Ná-poles.