Algunas veces, viajar en el espacio es también viajar en el tiempo. Viajar a India es, en cierta forma, viajar al pasado.

El agua limpia. El agua da vida. Estas son unas de las primeras cosas que aprendemos. Nos enseñan a lavarnos, a limpiarnos. También nos enseñan a regar las plantas, a ver cómo germina un haba después de varios días de tenerla entre algodones húmedos, y nos explican cómo los camellos guardan agua en sus jorobas para poder sobrevivir en el desierto.

Lo mismo se aplica al mundo metafórico: el bautismo limpia nuestro pecado original y nos abre la puerta de entrada a la vida eterna. Del agua vemos nacer también a Venus, la diosa romana del amor, de la belleza y de la fertilidad.

Lo mismo podemos decir del sol, de la luz. Al igual que el agua, el sol también da vida. No solo en sentido literal sino también simbólicamente. Estos dos elementos, agua y sol, tienen una presencia simbólica en los templos cristianos muchas veces olvidada. En los orígenes de la religión cristiana, los templos siempre se orientaban de tal forma que los fieles quedaran mirando al este, al nacimiento del sol, a la luz de Cristo (“Yo soy la verdad, la luz y la vida”, dijo).

Simplificando mucho la simbología del templo, podemos decir que uno entraba desde el oeste, se limpiaba con el agua sagrada (pensad que antes los baptisterios estaban incluso fuera del templo: basta recordar por ejemplo los recientes templos renacentistas de Florencia o Pisa) y se dirigía hacia Cristo en el altar, hacia la luz, hacia la pureza. A modo de digresión, los templos musulmanes están orientados exactamente al revés, es decir que el templo mira al este, que no es sino otra forma de simbolizar exactamente lo mismo.

¿Y por qué todo este rodeo? Es que es importante recordar los orígenes de nuestra cultura para reconocer, en cosas que a priori pueden parecer muy extrañas, algunos rasgos que no dejan de ser familiares, aunque nos lleguen un tanto ‘caricaturizados’. Ese ejercicio tal vez nos ayude a reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras creencias y sobre la tolerancia hacia otras culturas.

Viajar a India es, en cierta forma, viajar a esos orígenes. Allí uno tiene la oportunidad de imaginar, e incluso de ver, cómo pudo ser nuestra sociedad hace miles de años. Las creencias, los ritos, la fe, las ceremonias, las fiestas, todo se manifiesta de una forma más vehemente que en nuestra sociedad occidental. Como si aún el tiempo no hubiera pulido algunas aristas, como si la rutina aún no hubiera robado el sentido a los rituales.

Agua, luz, rituales… Es llamativo que uno de los primeros clichés de India que viene a nuestras cabezas no tiene que ver con esos elementos, sino con las vacas sagradas. ¿Sólo cliché? Pues no, es totalmente cierto: en India las vacas tienen ‘inmunidad y privilegios’. Se las puede ver paradas en medio de carreteras o caminando por las calles de cualquier ciudad. Excepto en Calcuta, donde está prohibido dejar vacas sueltas, imagino que para evitar la suciedad que eso podría generar en una ciudad inmensa. Calcuta es la ciudad más occidentalizada de India: baste como ejemplo que es la única urbe en la que algunas pocas mujeres se atreven a vestirse con vaqueros y camiseta en lugar hacerlo con el tradicional sari.

No deja de ser curioso que hay una teoría que dice que el origen de la vaca sagrada lo encontramos en el agua. Los que tengan interés pueden leer un ensayo de Marvin Harris donde esto se explica con bastante detalle, pero resumiendo, podemos decir que la vaca fue durante miles de años ‘la gallina de los huevos de oro’: la única herramienta de trabajo –de labranza de la tierra- de la que una familia india no debía desprenderse (ni siquiera comiéndosela) en épocas de ‘vacas flacas’ (valga la ironía), ya que era el único bien que le permitiría seguir cultivando la tierra, siguiendo el ciclo de cultivos y de lluvias, o después de que bajaran las aguas de las inundaciones ocasionadas por ejemplo por las crecidas del Ganges o por los monzones. Sagrado era aquello que no debía dañarse.

Como siempre, ese mito sirvió para enseñar a las generaciones de jóvenes y evitar repetir errores del pasado. Tal vez la causa de la prohibición ya no existe, pero ¿quién cambia milenios de tradición y creencias? Y así como a nuestros ojos es contradictorio ver a un animal sagrado comiendo basura y durmiendo sobre la mierda, muy probablemente a ellos les suceda lo mismo. Pero siempre ha sido así. Que sean sagradas no significa que tengan que mimarlas. Simplemente no pueden comérselas.

Ya hemos nombrado al Ganges, el gran río de India. Imaginaos si será importante el agua para los indios que uno de los principales dioses del hinduismo es el dios Ganga, personificado por el mismísimo río Ganges. De ahí la creencia de que bañarse en el río (en cualquiera en general pero en el Ganges en particular) redime los pecados, nos acerca a la salvación. De hecho, la principal ciudad de peregrinación no solo de India sino de todo en Indostán (que significa ‘Tierra del Hinduismo’) es Varanasi (o también llamado ‘Benarés’), a orillas del Ganges. La creencia es que si mueres allí, en Varanasi, tienes ‘garantizado’ el billete al paraíso.

La principal atracción turística de Benarés es ir a ver, al amanecer, a los cientos de indios que se hacinan en las escalinatas (kilómetros de escalinatas, o ghats en idioma local) a orillas del río Ganges, para hacer sus abluciones matutinas y rezar mirando el sol naciente (otra vez el sol, el agua y su simbología).

Los turistas llegan a las escalinatas a través de laberintos de callejuelas sucias, esquivando vacas, montones de basura, niños durmiendo en el suelo, y peregrinos indios que van todos en la misma dirección: hacia el río.

Sobre la orilla, decenas de templos de todas las religiones que conviven en la ciudad (budistas, hinduistas, sikhs, jainistas) o dedicados a los diversos dioses que son venerados por esas latitudes: Vishnu, Brahma –que antes de ser una cerveza, fue un dios-, Shiva en cualquiera de sus múltiples personificaciones, o cualquiera de sus múltiples esposas, o muchos de los otros dioses del panteón hindú.

Digresión: creo que es un error de nuestra cultura occidental/ monoteísta pensar que creer en/adorar a tantos (cientos) de dioses no sea correcto. Baste pensar en la cantidad de santos que los católicos adoran para darnos cuenta que es exactamente lo mismo: al igual que los dioses hindúes, los santos cristianos tienen sus atributos, sus fiestas particulares, sus oraciones y sus templos. En el fondo, no somos tan distintos…

 

Como os contaba, miles de fieles se acercan al río antes del amanecer, se meten al agua hasta la cintura o un poco más, siempre mirando al este, y hacen sus oraciones (pensad que el bautismo cristiano fue también, durante muchos siglos, una inmersión de todo el cuerpo en el agua). Algunos juntan agua del río con las manos o un recipiente y la dejan caer nuevamente mientras dicen sus oraciones. Otros se lavan entre ellos. Después de varios minutos, van saliendo poco a poco, se visten y van a dejar sobre las aguas una ofrenda de pétalos de flores y/o alguna vela. El oleaje muchas veces no ayuda y arrastra las ofrendas de días anteriores a la orilla, y los montones de flores marchitas y podridas se amontonan contra las escalinatas, pero a los fieles parece no importarles el hedor… porque honrar la vida es más importante.

De hecho, muchos de ellos pasan un largo rato en el agua, afeitándose o cortándose el pelo allí mismo (digamos que la peluquería consiste en un banquito en la escalinata, una toalla en el hombro, una tijera en una mano y un espejito en la otra), e incluso recogen agua del río en botellas, para llevarla a sus casas (para bendecir la casa, etcétera).

Digresión: sobre el acto de arrojarse agua con un recipiente. La iconografía religiosa cristiana suele representar a San Juan Bautista derramando agua sobre Jesús desde una concha, la misma con la que se identifican los peregrinos de Santiago (que peregrinan hacia una ‘nueva vida’), la misma de la que los pintores hacen nacer a Venus (ya sea Boticelli, Bouguereau -mi preferido- o cualquier otro), la misma que imitan muchos recipientes de agua bendita en la entrada de las iglesias.

Digresión de la digresión: en francés, a este molusco (que en español se llama vieira y en inglés, scallop) se le llama coquille de Saint Jacques. Y aquellos de vosotros que recordéis mis ‘Postales santiagueñas’ tal vez tengáis presente que Saint Jacques no es otro que el apóstol Santiago.

 

Al terminar el ritual del baño, muchos colocan sobre sus cabezas unos pocos pétalos de flores y se pintan el punto rojo en la frente (algunos incluso se pegan granos de arroz pintados de rojo en la frente). Y esos pétalos de los que hablábamos los llevarán sobre la cabeza durante todo el día: es una forma de demostrar que han hecho sus oraciones matutinas y que se han purificado.

Algunos se ponen sus ropas con una lentitud ritual y pintan sus caras con colores muy vivos (amarillo y rojo, los colores preferidos de los dioses, blanco o naranja).

La pintura de la cara, como todo en esta vida, también tiene sus secretos. Para nosotros, evidentemente, son solo pinturas en la cara, pero “el que no sabe es como el que no ve”. Uno que sepa sobre sus significados puede decir si una persona es, por ejemplo, devota del dios Vishnu o si es de la religión jainista sólo viendo cómo se ha pintado la cara (por ejemplo, si hay líneas verticales u horizontales, qué colores ha utilizado, si hay líneas o puntos, etcétera).

 

Entre esas mismas escalinatas, pero también en muchos otros ríos y ciudades de India, están los crematorios. Arrojar las cenizas al río es una garantía de que el difunto irá al cielo. En el origen de las cremaciones tal vez también tenga algo que ver con el espacio: si casi no hay sitio para los vivos, ¡como para tener que hacer lugar para cementerios…!

Pero curiosamente la cultura vuelve a transformar una necesidad cotidiana en un concepto religioso, integrando nuevamente fuego y agua

La ceremonia  se desarrolla más o menos de la siguiente forma: se envuelve al difunto con una mortaja blanca, y encima se le colocan lienzos amarillos y anaranjados con escrituras sagradas, y lo cubren con guirnaldas de flores y tikka (la misma pintura roja o naranja con la que se pintan la cara). El primer paso es ‘presentarlo’ al río mojando los pies del cadáver en la orilla. Después, entre todos los familiares, lo levantan y le dan tres vueltas alrededor de la pira funeraria (troncos de madera de sándalo, que es muy perfumada). Finalmente lo apoyan sobre la pira, le quitan los lienzos de color, lo cubren con más leños y paja húmeda (para que las llamas no suban), colocan incienso debajo y encienden el fuego.

La tradición marca que, en caso de morir el padre, quien dirige el ritual es el hijo mayor. Si quien fallece es la madre, lo hará el hijo menor. El hijo en cuestión va con el torso desnudo y lleva una tira de lienzo atada por debajo de la mandíbula y anudado sobre la cabeza, en señal de duelo.

El personal del templo se encarga de reponer leños, añadir paja húmeda, etcétera, y, finalmente, de arrojar las cenizas al río. Y, de allí, a la vida eterna. Fuego y agua. Purificación y tránsito a otra vida.

El agua purificadora. Bañarse en el río, en el dios Ganga, es hacer una inmersión en un dios, bañarse en su pureza, en su inmunidad. No puedo evitar pensar en Aquiles sumergido en la laguna Estigia por su madre. Culturas y civilizaciones de diferentes partes del mundo que desarrollan los mismos mecanismos de pensamientos y los mismos conceptos.

Sé que este razonamiento (la inmunidad que otorga el baño) no resiste un análisis con nuestra lógica occidental, pero por otro lado, si uno verdaderamente está convencido, si uno tiene fe, la lógica es aplastante.

Si lo combinamos, a su vez, con la creencia en la reencarnación y en el karma (es decir: que tenemos que aceptar nuestra realidad porque es consecuencia de nuestras vidas pasadas y que, en la medida que la aceptemos, mayor probabilidad tenemos de reencarnarnos en un estadío superior), es aún más comprensible la dulce serenidad (y me atrevería decir felicidad) con la que los hindúes viven sus días.

Como decíamos al inicio de estas Postales indias: pareciera que las civilizaciones, en su paso hacia occidente, se hubieran suavizado, al igual que el viento y la erosión redondea las aristas de las montañas y de las rocas. Las civilizaciones cambian, pero la esencia permanece.