Desde hace algún tiempo ya, las mágicas noches estrelladas de Oriente Medio comparten protagonismo con oasis de luz. Las nuevas megaurbes que cada día crecen y se extienden sobre el desierto de arena, sorprenden por su abundancia y su actitud desafiante: allí nada parece ser imposible.

Vamos a hablar un poco de los Emiratos, aunque casi exclusivamente de Dubái. Como siempre, será un relato incompleto, subjetivo y probablemente inexacto…

Dubái es un país relativamente joven. Hasta mediados de siglo XX, por esas tierras habitaban tribus nómades de beduinos y pescadores de perlas. Cuando, a mediados de siglo, los ingleses descubrieron los yacimientos de petróleo en sus costas, a los beduinos les cambió el panorama. Los chinos y los japoneses ya habían empezado a cultivar perlas, y esto de arriesgar la vida sumergiéndose a encontrar ostras ya no estaba resultando tan rentable. ‘El descubrimiento’ del petróleo dio un giro radical a la historia de los beduinos, que comenzaron a mirar un poco menos a las estrellas y un poco más a las profundidades del mar, pero ya no como pescadores de perlas…

Quizá fue la sabiduría que aporta el desierto y sus noches estrelladas. O, tal vez, los acuerdos políticos que se desprendieron del descubrimiento. El caso es que, lejos de dilapidar el oro negro, los jeques planificaron la construcción de un nuevo país: enviaron a sus líderes beduinos a estudiar y formarse en el Reino Unido, y comenzaron a construir verdaderos oasis modernos en medio del desierto: junglas de rascacielos, centros comerciales inmensos, puertos deportivos donde amarrar sus enormes yates y un largo etcétera. El Burj Khalifa (hoy por hoy, el edificio más alto del mundo) y el hotel Burj Al Arab, son los íconos más representativos de este estallido de progreso, pero no los únicos: en Abu Dhabi, el centro recreativo Ferrari World, la mezquita Sheikh Zayed y la próxima apertura de los museos de Louvre y Guggenheim son otros ejemplos claros del potencial de transformación que tiene el desierto. Las vistas desde el nivel 124 del Burj Khalifa, el mirador ‘At the Top’, permiten admirar cómo el enjambre de edificios y autopistas se adentra en el desierto, deseoso de conocer sus límites.

Sin duda, las más novedosas de entre todas las iniciativas son los megaemprendimientos de ‘La Palmera’ y ‘El Mundo’, ambos en Dubái, que ya abandonan las arenas del desierto para adentrarse en el mar.

‘La Palmera’ es un complejo de residencias y hoteles de lujo construido en el mar, y se extendiende hasta unos cinco o seis kilómetros de la costa. Cuenta la leyenda urbana que un día estaba el jeque meditando debajo de una palmera y, de pronto, reparó en su sombra, sobre las arenas de la playa. Tuvo la idea, sus ministros pronunciaron el clásico “sus deseos son órdenes” y…¡”voilà”! Visto desde el aire, el complejo tiene forma de palmera, protegida del mar por una luna creciente. Los yacimientos se construyeron con rocas extraídas de una cantera a 150 kilómetros de distancia. Durante tres años, 24 horas por día, un carril de la autopista estuvo dedicado exclusivamente al tránsito de los camiones cargados de rocas. La profundidad del mar (tan solo ocho metros) sin duda facilitó la tarea… Una vez finalizado el complejo, la recuperación de la inversión a través de la venta de las casas (valores entre 300 mil y 14 millones de dólares americanos) fue otro récord: ¡en cuatro horas todas las residencias de ‘La Palmera’ fueron vendidas!

’El Mundo’ es un proyecto similar. Consiste en un conjunto de islas artificiales creadas mar adentro, cada una de ellas representando un país (visto desde el aire simula un mapa global). Las islas se venden sin construcciones y cada propietario decide qué construir en su isla/país, al mejor estilo Ikea: “Bienvenido a la república independiente de tu casa”. Aún no se han comenzado a construir residencias, y se rumorea que Angelina Jolie ha comprado Etiopía, pero… ¡vaya uno a saber!

Hablábamos antes de actitud desafiante: una de las últimas excentricidades es la futura creación de una playa con arena refrigerada por tuberías subterráneas de aire acondicionado. Sencillamente genial.

La ciudad sigue desarrollándose a lo largo de la costa, hacia el sur. Grandes centros comerciales aglutinan a su alrededor bosques de torres: Dubai Mall, Emirates Mall, Dubai Marina, Madinat Jumeirah, etc. Hacia el norte, separada por una lengua de agua que entra desde el mar (el Dubai Creek) se conserva la bulliciosa aldea original: los barrios de Deira y Bur Dubai, los asentamientos urbanos a los que se limitaba el Dubái de hace 50 años. Aún conservan el típico espíritu de los zocos y bazares árabes, con sus callejuelas, sus barcos comerciales amarrados en sus muelles, sus tiendas, aromas y sabores…, aunque no pueden compararse, por supuesto, con los zocos de El Cairo, Marrakech o Estambul.

Sin embargo, resulta muy interesante visitar el mercado de pescado: realmente extenso, bullicioso y todavía muy poco explotado por el turismo -que prefiere el mercado del oro, de los perfumes y de las especias-, conserva su fascinante sabor local. La variedad de especies de pescados, sumada a la actividad frenética del puerto, le da al mercado una personalidad única.

Pero lo más curioso, en mi opinión, es el sistema social del país. Los emiratíes (los locales) representan solo el 11% de la población. El resto son inmigrantes que tienen una visa de trabajo por dos años, renovable siempre que tengan empleo. En el momento en que un extranjero deja de tener trabajo, tiene solamente 30 días para conseguir otro o, de lo contrario, debe abandonar el país. La consecuencia es obvia: desempleo cero. Un país con pleno empleo y con una legislación penal muy estricta tampoco tiene violencia, delincuencia ni pobreza. El 60% de la población son pakistaníes e indios, dedicados principalmente a los servicios (camareros, cocineros, etc.) y a la construcción, los dos principales motores de la actividad de Dubái.

Otra paradoja, o curiosidad, es que los emiratíes (unos 200.000 en Dubái) prácticamente no necesitan trabajar. Se calcula que 60.000 de ellos son millonarios. Adicionalmente, todos ellos tienen beneficios tanto en temas de salud como de vivienda o educación. La vida, para los extranjeros, es un poco más cara (dependiendo de su contrato de trabajo, claro está), si bien es cierto que la ausencia de impuestos a la renta lo hace un destino muy apetecible desde el punto de vista económico.

Digresión: el sistema de sucesión de los Emiratos es radicalmente diferente al de las monarquías. El hijo que sucederá al jeque en el poder no es el primogénito, sino el que reúne las mejores aptitudes para gobernar. Es decir, que aquél hijo que sea más inteligente, atlético, culto y poeta será quien asuma el poder. No está mal eso de dejar el gobierno de un país en las manos del mejor, y no en las de aquel al que ‘le toque’…

 

Todo el diseño urbano está condicionado por las altas temperaturas. La ciudad no está diseñada para ser visitada o recorrida a pie, sino en coche, en el metro monorriel sobre-elevado que la recorre de punta a punta o en autobús (no solo los autobuses, sino también las paradas de autobuses, ¡tienen aire acondicionado!). No existen grandes espacios abiertos para la vida social (plazas, parques, etc.), ya que esta transcurre principalmente dentro de los grandes centros comerciales, que se convierten así en puntos de encuentro para socializar después del trabajo, donde no solamente pueden hacerse compras (de lo que se os ocurra), o comer con amigos cualquier tipo de cocina del mundo. También, a modo de ejemplo, se puede esquiar en la nieve o nadar en un acuario gigante. ¿Más desafíos?

El impacto del calor es tan grande que la provisión de aire acondicionado es uno de los tres suministros que recibe cualquier persona en su casa, además de la energía eléctrica y el agua.

Ya hemos comentado los grandes edificios que van cubriendo la ciudad y extendiéndose por el terreno. En general, son edificios dedicados a oficinas, hoteles y viviendas de extranjeros. Los locales viven en residencias con grandes solares y jardines, manteniendo el estilo de vida y de construcción tradicional.

A diferencia de otros países árabes, los Emiratos son -en general- más cosmopolitas y tolerantes hacia otros credos (aunque no es el caso de todos los Emiratos). Cuando uno camina por los centros comerciales puede ver todo tipo de vestimentas, restaurantes de comida internacional y marcas o tiendas que son íconos de occidente. Sin embargo, algunas costumbres musulmanas son respetadas rigurosamente. Por ejemplo, solo los hoteles (y los restaurantes que están dentro de los hoteles) están autorizados a vender bebidas alcohólicas. Las mujeres musulmanas no pueden viajar en coche con hombres que no sean de su familia. Para ello hay, por ejemplo, una compañía de taxis (taxis de color rosa) conducidos por mujeres y exclusivos para pasajeras femeninas. También existen clubes de mujeres donde socializan, practican deportes, etcétera.

Digresión: en todas las habitaciones de todos los hoteles, hay una flecha en el techo que indica hacia dónde se encuentra La Meca, de tal forma que los huéspedes de religión musulmana sepan hacia qué dirección deben orientarse en el momento de rezar.

 

La mezcla de culturas e idiosincrasias, sin duda, generará cambios con el tiempo, pero cómo se desarrollará esa nueva forma de convivencia es por ahora un interrogante. Bastará con esperar que las reservas de petróleo duren lo suficiente y nos permitan ver cómo siguen creciendo estas mega-urbes-oasis cosmopolitas.

Mientras tanto, quien tenga nostalgia por aquella vida de beduinos, camellos y shishas, con tan solo un breve recorrido en 4×4, puede disfrutar de una puesta de sol en el desierto de dunas, mirar hacia el cielo para descubrir cómo, poco a poco, se dejan ver las estrellas, e imaginar cómo fue todo aquello no mucho tiempo atrás.