A diferencia de muchas ciudades italianas, Milán no es una ciudad turística ni destaca por ser pintoresca. Sin embargo, esconde algunos tesoros que vale la pena conocer.
Sin lugar a dudas, el principal tesoro de la ciudad es il Cenacolo Vinciano, el fresco que el gran Leonardo da Vinci pintó por encargo de Ludovico el Moro en una de las paredes del refectorio de la iglesia Santa Maria delle Grazie. Podríamos decir sin temor a exagerar, que contemplar il Cenacolo justifica de por sí una escapada a Milán. El mural inmortaliza el momento exacto de la Última Cena en el que Jesús dijo a sus apóstoles “uno de vosotros me traicionará”. La escena está ambientada en una sala con la misma arquitectura del refectorio, como si la sala continuara, y la última cena sucediera allí, en el mismo comedor de los monjes. A causa del deterioro de la pintura y algunos daños sufridos en la guerra, en 1977 comenzaron las obras de restauración, que duraron 29 años. Hoy podemos maravillarnos con esta obra de arte accediendo al refectorio a través de sucesivas salas herméticas que van secando progresivamente el aire, para evitar que la humedad del ambiente vuelva a dañar. Eso sí, la visita dura estrictamente 15 minutos, y la reserva previa es imprescindible.
El arte es, en Italia, un tesoro omnipresente. La pinacoteca más famosa de Milán es la Pinacoteca de Brera. Allí podemos encontrar obras de los más grandes pintores de la cultura occidental como Caravaggio, Canaletto, El Greco, Luca Giordano, Rubens o Hayez.
Pero los amantes de la pintura encontrarán en Milán otro tesoro, mucho menos conocido. La Pinacoteca Ambrosiana guarda celosamente entre sus paredes el cartón en el que el gran Rafael diseñó su obra maestra La Escuela de Atenas. El dibujo está hecho sobre un cartón de 8×3 metros en el que el artista diseñó con carboncillo los muchos personajes del cuadro. Es realmente impresionante ver los trazos de la propia mano de Rafael, imaginar los movimientos de la mano, acompañando la idea de la forma, definiendo un gesto o simplemente sugiriendo una sombra.
El tercer tesoro, que no pasa desapercibido a ningún visitante de Milán, es il Duomo, la Catedral de Milán. Esta inmensa construcción es el tercer templo católico más grande del mundo, después de San Pedro (Roma) y San Pablo (Londres). A pesar de los casi 430 años que transcurrieron desde que se inició su construcción hasta su finalización, se respetó el estilo arquitectónico inicial, a pesar de los cambios de escuelas y tendencias. El resultado es un templo gótico de mármol blanco, sostenido por 52 columnas inmensas y adornado, tanto por dentro como por fuera, con nada menos que 3500 estatuas. La más famosa de ellas, la Madonnina dorada, está situada en el pico más alto de il Duomo que, hasta hace poco tiempo, era el punto más alto de la ciudad de Milán.
Como cuarto tesoro podemos citar il Castello Sforzesco. Cuando Italia aún no era una nación, las ciudades estado estaban gobernadas por familias que heredaban el poder generación tras generación. En Milán, fueron primero los Visconti y luego los Sforza. Este castillo fue el cuartel general de Milán, que hoy alberga varios museos muy interesantes.
Para conocer los orígenes de la ciudad, tal vez sea necesario visitar la quinta joya. Se trata de la Basilica di Sant’ Ambrogio, una iglesia cuyos orígenes se remontan al siglo IV y que en el siglo XI cobró su forma actual de estilo románico. En el siglo IV, Ambrosio, santo patrono de Milán y uno de los cuatro padres de la iglesia católica (los otros tres son Agustín, Jerónimo y Gregorio), fue obispo de la ciudad. Fue él quien mandó construir esta iglesia, en la que hoy se encuentran sus reliquias.
Y aquí no se acaban los tesoros de Milán. Podríamos hablar de La Scala, del encantador ambiente que crean los canales en el barrio de los Navigli, de las galerías Vittorio Emanuelle y de muchas otras cosas. Pero para mí, el mayor tesoro se encuentra en una de las salas de los museos de Il Castello Sforzesco. Allí se exhibe la última escultura de Miguel Ángel: La Pietá Rondanini. ‘Piedad’ es el nombre genérico que se le da a la imagen de la virgen María llorando a su hijo muerto.
Esta es la tercera Piedad que esculpía Miguel Ángel. La primera, la del Vaticano, es la más famosa. La esculpió cuando sólo tenía 25 años de edad. La segunda Piedad está en Florencia. La hizo a los 75 años de edad. La Rondanini la estaba esculpiendo cuando murió en 1564, a los 88 de edad. La escultura luego pasó a manos de la familia Rondanini (de ahí su nombre) y finalmente fue adquirida por el Ayuntamiento de la ciudad, que la destinó a los museos de il Castello Sforzesco.
La escultura está inacabada. Lo que me impactó de ella no fue su belleza, ni la armonía, ni el talento del escultor. No. Lo que me impactó fue la desesperación que se refleja en cada golpe de cincel. En las prisas por terminar la obra, que se transmiten en cada rasguño en la piedra. Me impactó el esfuerzo por encontrar la forma dentro de la piedra. Miguel Ángel estaba buscando la estatua dentro de la piedra, y él sabía que se le acababa el tiempo. Que las manos no le respondían. Tal vez recordaba los mismos golpes de cincel que había dado 63 años antes, para redondear aquella axila de Jesús, aquellos pliegues de la blusa de María. Reconocía la misma resistencia del mármol. El mismo filo de sus herramientas. Pero el tiempo se agotaba. Y con él, sus fuerzas.
Un moribundo esculpiendo a un hombre muerto. A un dios muerto.
Los biógrafos nos cuentan que trabajó con ese pedazo de piedra hasta cuatro días antes de morir. Se apoyó en ese trozo de mármol hasta el último momento, para poder sacar de su cabeza esa forma que estaba buscando y que no lograba encontrar. O tal vez sí la encontró, pero no tuvo tiempo de hacérnosla ver. Hoy solo tenemos un trozo de piedra. No hace mucho leía en La invención de la Soledad, de Paul Auster, que “no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y sólo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen”. Ese trozo de piedra no pertenece a nuestro mundo. Lo miramos, lo analizamos, hablamos sobre él, lo encasillamos en las categorías de la historia del arte, pero su existencia se detuvo cuando se detuvo la mano que sostenía el cincel. La escultura que esconde en su interior jamás nos será revelada.
Ese trozo de piedra me transmitió la soledad, la desesperación, la impotencia. Me transmitió la convicción de un hombre que hace hasta el final de sus días aquello que le nace de sus entrañas. La serenidad del hombre que sabe que la muerte no es excusa para dejar de hacer aquello que le dicta su espíritu. La energía de un hombre que se siente impulsado a seguir luchando hasta el final. La soledad, la desesperación, la impotencia de una madre que llora a su hijo muerto. La convicción, la serenidad y la energía de Cristo muerto.