18:50 horas. Una tarde de agosto. Comenzamos un paseo en rickshaw por las calles de Benarés.
Calor. Humedad. Decenas de rickshaws. Bocinazos de otras tantas decenas de ciclomotores. Gente caminando entre los ciclomotores y las bicicletas, con bultos sobre sus cabezas. Vacas sentadas en la calle. El hombre que conduce nuestro rickshaw es bajito y no llega a los pedales. Balancea su cuerpo de un lado al otro de la bici, quedando de pie cada vez sobre un pedal. A cada paso, esquiva a un porteador, a otro rickshaw o a un tuc-tuc (pequeñas motos con cabina cerrada en la parte trasera, para llevar pasajeros). La calle de tierra tiene muchos baches y pedruscos. Ha llovido mucho, y los baches están encharcados. Nos detenemos en una esquina. Atasco de tráfico. Bocinazos. Calor húmedo. Olor a aire caliente y a humanidad. Nos movemos de nuevo. Para tomar impulso, nuestro chofer empuja un pedal hacia delante con un pie y pedalea con el otro. La espalda se curva, zigzagueante, en cada pedaleo. Va con el torso desnudo. Tracción a sangre humana. Es una sensación incómoda. Junto a nosotros pasa un ciclomotor completamente cargado de plátanos. Un asceta está sentado junto a una pared, fumando pipa y observando pasar la vida. Sobrepasamos a una bicicleta cargada con tres bombonas de butano. Un hombre delgado la lleva con cierta inestabilidad, esquivando baches, charcos y porteadores. La calle se angosta y a ambos lados comienzan los puestos del mercado, la mayoría a poco menos de un metro de altura. Un puesto de plátanos. Al lado, un hombre en cuclillas arreglando un calentador a gas. El herrero. Una vaca se cruza en el camino. Calor. Dos chicos limpios y peinados en una sola bici. Parece que han salido de la escuela. Varios hombres con sus puntos de tikka roja pintados en la frente y pétalos de flores sobre sus cabezas. Dos cabritos cuelgan de un gancho, cabeza abajo, en una carnicería. La carnicera cuerea un tercer cabrito. Un perro hambriento la mira desde abajo, con una esperanza inútil. Un puesto de huevos y algunas jaulas con gallinas. Una farmacia. Un quiosco de tabaco. Todos los tenderetes son precarios, lúgubres y sucios. Una mujer cuece mazorcas de maíz en un brasero. Un hombre calienta té con leche y otros dos toman sus tés en pequeños cuencos de barro. Nos miran. En el suelo hay decenas de cuenquitos de barro usados, deshaciéndose en los charcos. Otro hombre, sentado, se limpia los dientes con un nim (una pequeña ramita de un árbol, de madera perfumada). Un almacén lúgubre. Por un hueco, se ve a dos chavales frente a una tele. Calor. El rickshaw se bambolea entre los baches. La espalda frente a nosotros zigzaguea, buscando nuevos ritmos y posiciones para contrarrestar el cansancio. Humedad. Bocinazos. Una vaca sentada en medio de la calle angosta. Una mujer vacía un cuenco con agua sucia y un joven en cuclillas se lava la cabeza a pocos metros de allí. Viene un tuc-tuc destartalado en dirección contraria. Frenamos para dejarlo pasar. Detrás nuestro, frenan otros rickshaws y bicicletas. Una pocilga oscura, con una cama. Debajo de la cama se ven cacharros para cocinar. Bocinazos. El sol se pone y la tarde se convierte poco a poco en una noche clara. La hora azul. La gente nos mira. Se encienden algunos candiles. A nuestro lado pasa una muchacha musulmana en un ciclomotor. Va cubierta hasta los ojos. Muchas bicicletas. Un herbolario. Al lado, un puesto de electrónica. Precario, pero aún así desentona con el resto. Baches. Pedaleo. Bocinazos. Un hombre meando. Gente sentada en cuclillas, con sus nims. Nos miran. Vacas. Ciclomotores. Un charco grande, de lado a lado de la calle. Nuestro hombre se baja de la bici y la empuja. Sus pies con chanclas se hunden en el agua. Nos sentimos incómodos. Dos mujeres lavando verduras. Una cabra atada a un poste. Un niño saca agua con una bomba. Un brasero ilumina a un viejo arrugado, que se limpia con un nim. A través de una puerta, se ve gente sentada alrededor de una mesa, a oscuras. Un puesto de pescado. Los peces esparcidos por el suelo. Gallinas. Vacas caminando por la calle. Calor. Bocinas. Bicis. La calle sigue inundada. Gente caminando con el agua hasta los tobillos, con total normalidad. Oscurece. Ruido de persianas metálicas. Se encienden velas. El llamado del muecín inunda las calles. Tiempo de orar. Dos choferes de rickshaws esperan clientela subidos a sus bicis. Un hombre arregla su rickshaw en medio de la calle. Charcos. Calor. Bocinazos. En un puesto de patatas el puestero pesa un pedido. El contrapeso es un ladrillo. Una carnicería. Una cabeza de cerdo sobre el mostrador. Un rickshaw cargado con unas diez bombonas de butano. Una estatua de Ganesha pintada de celeste, cubierta de tikka roja (hasta dejarla casi irreconocible) y de pétalos de flores. Un taller de rickshaws. Dos hombres empujan sendas bicicletas cargadas con bultos inmensos. Otro pasa en su bici, llevando montones de guirnaldas de flores. En un puesto un hombre plancha ropa. Una vaca come entre un montón de basura. Varias mujeres barren con hojas de palmas las entradas de las casas. Un hombre se hace un buche y escupe en la calle. Otro se echa agua en el torso y se lava. Calor. Bocinas. Ciclomotores. Gente caminando. Humedad. Olor caliente.
19:10 horas. Fin del paseo.
En 20 minutos y tal vez poco menos de un kilómetro nos cruzamos con mil vidas diferentes. Para ellos, no fuimos más que dos de los tantos turistas curiosos que recorren Benarés día tras día. Para nosotros, no fueron más que mil vidas hacinadas en unas sucias calles de Benarés y, seguramente, uno de los momentos más inolvidables de nuestras vidas.