Garisenda y Asinelli fueron, hace ya mucho tiempo, los apellidos de dos familias de Bologna. Pero hoy son los nombres por los que se conocen a las dos torres medievales que dan a la ciudad de Bologna su perfil indiscutido.

Cuentan que hace tiempo, allá por el siglo XIII, decenas de torres como éstas podían verse por toda la ciudad. Hoy sólo quedan dos de ellas. Aunque, a decir verdad, son dos muy buenas representantes de aquella época, y no sólo porque están un poco inclinadas, lo que les da un aura de genuina autenticidad, sino porque también a una de ellas la menciona el mismísimo Dante en el canto XXXI del Inferno en su Divina Comedia.

Garisenda y Asinelli son las únicas sobrevivientes que aquel bosque de ladrillos que alguna vez fue Bologna. Se alzan inclinadas sobre el mar de tejados color rojizo del casco histórico de la ciudad. Garisenda sólo tiene 46 metros de altura ya que su construcción debió interrumpirse cuando comenzó a inclinarse demasiado. Su compañera, Asinelli también se inclinó pero no tanto, por lo que su construcción pudo completarse hasta una altura de 96 metros. Subir hasta la azotea de Asinelli es una experiencia inolvidable. El vértigo de subir por sus escaleras de madera, que se apoyan en el interior de sus paredes – paredes inclinadas, por cierto – recompensa a los más osados unas panorámicas de la ciudad que valen la pena el esfuerzo y el mal trago: a los pies de las torres se despliega un campo de techos color ladrillo, que se extienden hasta donde alcanza la vista, tejados interrumpidos sólo por la Catedral o la misma Piazza di Neptuno.