Comencemos con una digresión. ¿Por qué lusitanas? Lusitania era el nombre de la provincia romana al oeste de Hispania. Hoy el término ‘luso’ o ‘lusitano’ se utiliza como sinónimo de ‘portugués’.

Es verdad que Portugal es mucho más que Lisboa, pero hoy vamos a centrarnos bastante en la capital. Lisboa es una ciudad con muchas insignias propias. Su estilo colonial, su geografía, su arquitectura y su historia, hacen del conjunto una maravillosa capital europea que, por momentos, parece detenida en el tiempo.

Marcada por su situación geográfica, Lisboa fue cuna de grandes navegantes: nació mirando al mar. Los cartógrafos más destacados de la historia fueron portugueses y desde sus puertos partieron las primeras grandes expediciones navales que alcanzarían las costas de África o la mismísima India: Magallanes, Vasco da Gama o Pedro Alvares Cabral, descubridor de Brasil.

Uno de los monumentos más famosos de Lisboa es la Torre de Belèm: una torre de defensa/muelle que se construyó allá en 1520 en la desembocadura del Tajo. De estilo gótico manuelino, testigo de la edad de oro de las expediciones marítimas que partían desde Lisboa a conquistar el mundo.

Digresión (la segunda de estas postales): el término ‘manuelino’ hace referencia al gótico tardío, y coge el nombre del rey Manuel I, bajo cuyo reinado floreció este estilo. Manuel I comenzó su reinado en 1495, a los 26 años. Se lo conoce como Manuel el Afortunado, porque en los años de su reinado, Portugal vivió su época de oro como potencia conquistadora. A este mismo estilo manuelino, en España se lo conoce como ‘plateresco’.

Muy cerca de la Torre de Belém podemos encontrar el Monasterio de los Jerónimos, otra visita obligada en Lisboa. Una verdadera joya arquitectónica en la que no podemos evitar mirar hacia arriba y dejar que la mirada recorra esas columnas que se elevan hacia el cielo, para sostener, allí arriba, uno de los techos góticos más bonitos de Europa. Entre sus paredes se encuentran enterrados muchos de los personajes que ya hemos mencionado en estas postales, como Manuel I y Vasco da Gama, o el mismísimo Fernando Pessoa, cuyo espíritu tal vez se debata entre descansar en el monasterio o sentarse junto a su estatua de bronce, en el Café A Brasileira, en el barrio de Chiado, a tomar un café y recitar alguna poesía mientras el ruido sordo de un tranvía disimula sus susurros en el aire.

La historia de Lisboa, sin embargo, está marcada por un hecho terrible. El 1 de noviembre de 1755, un terremoto equivalente a un grado 9 en la escala de Richter, seguido de un tsunami y de un terrible incendio, destruyó prácticamente toda la ciudad, en la que murió un tercio de la población. La tragedia truncó, probablemente, la expansión colonialista de Portugal, o al menos colaboró a marcar el destino de un país en una época especialmente trascendente. Pocos años después, la monarquía portuguesa huía a Brasil ante el avance de Bonaparte.

La ciudad fue rápidamente reconstruida con criterios de urbanismo de la época, y hoy podemos disfrutar de su diseño urbano renacentista y de maravillas arquitectónicas, como el elevador de Santa Justa, que conviven con los impresionantes monumentos medievales que sobrevivieron al terremoto, como el Monasterio de los Jerónimos o el Castillo de San Jorge.

Digresión: el responsable de la reconstrucción de Lisboa fue el Marqués de Pombal, cuyo nombre es hoy el de una de las plazas más importantes de la capital. Cuando presentó su diseño fue criticado porque las calles eran “demasiado anchas”. El Marqués se limitó a profetizar que algún día resultarían pequeñas y siguió adelante con el proyecto. Quien haya visitado Lisboa sabe que el Marqués no se equivocaba… ¡tan acostumbrados estaban sus contemporáneos a las callejuelas medievales que las estrechas calles actuales de Lisboa les parecían anchas!

 

Otro incendio (esta vez en 1988) destruyó otro barrio típico de la capital: el Chiado. Y nuevamente la desgracia dio pie a una remodelación total del barrio, que hoy es uno de los lugares de moda y de vida nocturna más importante de la ciudad.

Pero una visita a Lisboa no es tal si no nos dejamos llevar por la tentación de viajar en los tradicionales tranvías que surcan sus calles empedradas o, al menos, verlos pasar acompañados de su ronroneo metálico mientras subimos las cuestas que nos conducirán a la Catedral (la Sé) o al mirador de Santa Lucía, para disfrutar de unas vistas panorámicas de la ciudad.

Mientras caminemos, podremos disfrutar de una característica muy propia de Portugal en general, y de Lisboa en particular: los cientos y cientos de azulejos que adornan las calles. Herencia que la cultura musulmana dejó en estas tierras, las figuras geométricas de vivos colores cubren las fachadas de las casas de la ciudad: cada una es única, diferente a la anterior y, sin embargo, todas son tan similares que conforman, en cierta manera, la personalidad de Lisboa.

El arte del azulejo tuvo un desarrollo muy importante en Portugal y aún hoy pueden admirarse enormes cuadros, compuestos por muchísimos azulejos, pintados en magníficos tonos azulados, cubriendo paredes enteras de iglesias y monumentos.

El viajero observador, a lo largo del paseo, seguramente habrá notado un elemento casi omnipresente en monumentos, edificios y estatuas, desde la cúpula del Monasterio de los Jerónimos hasta la mismísima bandera de Portugal: el armilar (esfera armilar o astrolabio circular), un instrumento que se utilizaba para medir las distancias entre las estrellas y así orientar a cartógrafos y navegantes. El imperio portugués, y el rey Manuel I en particular, hicieron de este instrumento un símbolo de su sabiduría y de su poderío.

Hoy, GPS, tablets o móviles son los modernos armilares que viajeros y navegantes seguimos utilizando para orientarnos en ciudades tan fascinantes como Lisboa. Tenemos pues, mejores instrumentos de navegación que aquellos conquistadores. Procuremos recuperar una parte al menos, de su espíritu aventurero y explorador.