¿Cuándo y por qué se crearon los cementerios tal y como los conocemos hoy? En una de las últimas entradas de este blog, ‘Postales napolitanas’, hablábamos de Carlos III, el rey que, con sus medidas urbanísticas e higiénicas, se ganó la fama de ser “el mejor alcalde de Madrid”. Una de esas medidas fue la de prohibir los cementerios parroquiales.

Antiguamente, en el medioevo, al lado de cada iglesia se encontraba el cementerio parroquial. Aún hoy puede verse en iglesias de pueblos pequeños, por ejemplo y solo por citar uno de tantos, Sant Climent de Taüll, en los Pirineos.

Digresión: a modo de ejemplo, en el idioma danés, la palabra kirkegaard (cementerio) está compuesta por las palabras kirke (iglesia) y gaard (jardín/patio). El cementerio era, pues, el patio de la iglesia.

 

La vida de las personas giraba en torno a la parroquia: los bautismos, los casamientos, los entierros y las celebraciones que marcaban el paso del tiempo, como la Pascua, la Navidad, la Cuaresma, etcétera; todo sucedía alrededor de la iglesia parroquial. Los seres queridos, la familia y los amigos de toda la vida eran enterrados allí, y era allí donde cada parroquiano esperaba volver a encontrarse con ellos.

Esto estaba bien cuando se trataba de un pueblo. Pero en una ciudad superpoblada, como lo eran las principales ciudades europeas en el siglo XVIII -muchas veces con una expansión urbana limitada por murallas medievales, una demografía creciente a causa de la demanda de mano de obra de la revolución industrial, y falta de higiene debido a la inexistencia de sistemas de desagües-, generaba un grave problema. Tener un cementerio en cada parroquia era, sin duda, un foco de enfermedades y contaminación.

Es en este contexto en el que Carlos III ordena, en 1773, la construcción de cementerios extramuros en las principales ciudades españolas. Sin embargo, el decreto se encontraría con la oposición no solo de los vecinos (¡Trasladar a los seres queridos a más de un kilómetro de casa! Eso implicaba separarlo de sus antepasados, y también complicaciones logísticas y gastos de transporte), sino también del clero. El “cementerio del Este’, de Barcelona, también conocido como ‘cementerio viejo’, ‘de Levante’ o ‘de Poblenou’, se inauguró en 1775, pero no fue hasta 1820 (¡casi 50 años después!), una vez terminaron las guerras napoleónicas, que se reconstruyó con nuevos criterios que le dieron la impronta de cementerio ‘moderno’ para la época.

Digresión: las diferentes plazas ‘secas’ frente a las iglesias de la ciudad, en las que hoy tanto vecinos como turistas disfrutan comiendo unas tapas y bebiendo una copa de vino sentados en sus terrazas, no eran otra cosa que los solares donde estaban ubicados los cementerios parroquiales. La idea de Carlos III no solo dio a Barcelona su primer cementerio extramuros sino también espacios abiertos en una ciudad medieval abarrotada de bloques de casas.

 

La primera idea revolucionaria que el arquitecto Antonio Ginesi plasmó en el diseño del cementerio de Poblenou fue la de crear nichos, en contraste con la sepultura en la tierra o en fosas comunes. Ginesi era ‘hijo’ de la revolución francesa, y los nichos, sin duda, transmitían uno de los principios básicos de la revolución: igualdad. Otra innovación importante fue la distribución de los nichos: en grandes bloques rectangulares, rodeados por una cuadrícula de calles anchas, que en cierta forma podrían ser las precursoras del diseño del ensanche barcelonés -y de la mayoría de ciudades españolas-, con sus amplios chaflanes.

Creo que no es casualidad que la distribución de esta primera fase del Cementerio Nuevo siga también la distribución clásica de un templo (relacionado con esto, puedes leer las Postales Indias I: El Agua Sagrada): la entrada mira al oeste, accedemos caminando hacia donde nace el sol, fuente de vida. Al final del camino, encontramos la capilla. Algunos dirán que solo se debe a la ubicación del cementerio al este de la ciudad; otros, que simplemente sigue la línea del litoral. Tal vez todos tengan un poco de razón…

Los nichos fueron un cambio cultural importante. No solo se dejaba de enterrar al ser querido en el cementerio del barrio, sino que tampoco se lo sepultaba bajo tierra. ¿Dónde quedaba aquello de “polvo somos y al polvo volveremos”? ¿Descansarían igualmente las almas, allí arriba? Hoy la idea de los nichos es aceptada culturalmente, pero en aquellos años fue una idea revolucionaria y controvertida. Los bloques de nichos tenían siete niveles de altura y todos los bloques eran iguales. Pero, como dirían los ‘simpáticos’ cerditos de George Orwell, “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. Las familias que podían permitírselo, comenzaron a ocupar los chaflanes, que únicamente tenían cuatro niveles de altura y, en cierta forma, se diferenciaban del resto…

Mientras tanto, allí afuera, en ‘la ciudad de los vivos’, la gente seguía muriendo y la sociedad seguía cambiando. La industrialización y el progreso asociado a la comercialización de productos con el ‘nuevo mundo’ trajeron la prosperidad para muchas familias barcelonesas, que querían que su nueva situación se reflejara también en sus casas. Y en sus tumbas, claro está. En 1854, las murallas de Barcelona comienzan a ser derrumbadas y el proyecto de ensanche de la ciudad se pone en marcha.

La clase burguesa ya no quiere seguir conviviendo con el proletariado. Comienzan a construirse grandes viviendas, acordes a la nueva situación económica de sus propietarios. Y lo mismo sucede en el cementerio. En 1858 comienza la ampliación del cementerio Nuevo, con un concepto completamente diferente al original. Esta segunda sección se caracteriza por grandes panteones y tumbas monumentales que reflejan el estatus de su propietarios. Los mismos arquitectos que diseñan sus casas en el Eixample son los que diseñarán sus panteones. Los mismos artistas que decoran sus casas son los que esculpirán las estatuas de sus monumentos.

Pocos años antes, en 1835, se habían prohibido los cortejos fúnebres a pie. Eso dio lugar a un nuevo negocio: las empresas de carrozas fúnebres. En el cementerio de Montjuïc puede visitarse el museo de carrozas, que nos ayuda además a entender la época y sus costumbres. Por ejemplo, que todos los carruajes eran negros, a excepción de aquellos utilizados para doncellas, niños y religiosas, que eran blancos como símbolo de su pureza. También había carruajes morados, para ser usados en Cuaresma. Otro detalle: las mujeres solo podían acompañar a los difuntos hasta la iglesia. Allí se despedían del cortejo y solamente los hombres podían entrar al cementerio.

Cuando comenzó a construirse el cementerio de Poblenou, Barcelona tenía 100.000 habitantes. En 1870, la población ya se había duplicado. Poblenou tuvo una nueva expansión, esta vez combinando los estilos de las dos anteriores. Pero la ciudad seguía creciendo y necesitaba otro cementerio. Lo que allá por el medioevo había sido el cementerio judío (destruido en 1391), el ‘Monte de los Judíos’, el Mont-Juïc, fue elegido para la localización del que sería el más monumental cementerio de Barcelona. En la ladera oeste, de espaldas a la ciudad, comenzó a construirse el nuevo cementerio, donde las grandes familias de la ciudad construyeron sus panteones y tumbas rodeadas de cipreses, donde artistas y arquitectos de la época siguieron jugando con las formas, los símbolos y las figuras, creando verdaderas obras maestras.

Digresión: Los cementerios están cargados de simbolismo, pero no solo en las expresiones artísticas y arquitectónicas. Los árboles que siempre encontramos en los cementerios son cipreses: se extienden hacia el cielo, como queriendo alcanzarlo, símbolos de la inmortalidad por ser perennes y por su longevidad.

 

La superficie de Montjuïc no permitía un trazado como el de Poblenou. Las tumbas se fueron construyendo según la orografía del terreno. Hoy, un laberinto de silencio invita al visitante a perderse entre tumbas, cipreses y ángeles. Sin embargo, el progreso también trajo los nichos al cementerio de Montjuïc, que siguió -y sigue- extendiéndose sobre la montaña. El camino hasta la cima del monte está lleno de obras de arte de los más destacados escultores y arquitectos de la época: mausoleos, esculturas, tumbas y capillas conforman una verdadera ciudad silenciosa e imponente.

Hoy, los ángeles melancólicos y los ángeles exterminadores que custodian la Ciudad de los Muertos contemplan desde lo alto la ciudad de Barcelona, esperando…